En tanto pudo escupirme el rostro en aquella  elegante estación de autobuses expresos, pudo demostrarme también la inferioridad de mis inspiraciones más cotidianas, como el rústico cantar del pueblo más inmediato en cercanía, contemplando la someridad  de su flora, tan  asequible a la imaginación común, que aludía a un paisaje por demás patético y sin gracia en artificio que daba pena compararlo con la perspectiva que reproduce el reverso de aquella caja de fósforos tan clásicos, que yo habría guardado en mi saco esta misma mañana, si hubiese querido encender un cigarro en su boca, que a la vez diría también es mía, ignorando la vigencia de la ley antitabaco en aborrecibles sitios cerrados, aunque  echase de menos la necesidad de un seno en los labios o un calor corpóreo entre los dedos, o un giro tóxico como mi llamado de ayuda en una fumarola indigesta, que ventilara una pausa de autocompasión a través de la descarga que dispararían sus ojos en la blandura más vulnerable de mí; cómo duele una espera o un silencio transitorio cuando te aferras a la imagen de una valija esquinada, destinada a utilizarse en un viaje planeado con minuciosa anticipación que se atreve a asegurar que volverá incólume el amor preservado en criogenia dado a este abrazo y a esa comarca vegetal que nos alimentó en su mesa. ¿Ahora por qué retirarse con premura cuando no me has asegurado que quieres irte? Irás y no volverás.