No descolló del todo el lauráceo sigilo de mi cortejo,

Ni recordaste dos semanas después, que un ramo legítimo de soles

Encomendó este yerro de caracolas en mi memoria,

Porque no lo supiste, porque todos los transeúntes alados somos transparentes

Y a la vez taciturnos, a causa de la fascinación  que nos provoca el silencio

Al malentender una sonrisa, una mirada,

un poco menos clara que la tersura del ámbar;

amitaf del nicho, amitaf del mediodía, a punto de ser espectador

de mi misma conciencia desatada, en el tópico incorrecto del suceso,

  • - ¿Te invito al villorrio de la Luna buena y a la holgura de su superficie desenvainada?

Que al cabo de los días vendrán a ti y a mí,

aritméticos madrigales que perdurarán tiempo breve, mientras lo valga todo

el calarse de humus o perpetuar el aroma mercante en una melena castaña,

con un fin distinto, pero con una ignorancia en particular,

que nada teme al dolor, ni al placer, mientras todo sea como el bermellón de tus mejillas

bajo la luz vainilla de una rada creciente, frente a las ceibas y los jonotes,

tras las palmeras y los fractales,

en medio del gemir de las estrellas encalladas sobre los naranjos.