
No es difícil comparar una ciudad de matices con bóvedas y cales vivas, a la par de un metálico palpitar, exaltado en su propio centro que se yergue y se retuerce en un juego de luces nocturnas, que coronan las conjeturas difuminadas de los santuarios en un rumor emblemático al pie de la catedral, mientras la mirada de Diótima señala una luna que multiplicará los minutos aciagos que habrán de prosperar tierra adentro, nunca al exterior de ese rosetón iluminado que confundí con maravillas apresando nuestro tiempo.
Diótima vino desde la capital esa misma tarde, me bullían tantas emociones y jamás pude demostrarle la realidad de mis mensajes fuera de línea, carecían de extremos, de tal forma que, sin retroceder, se podía llegar al mismo punto de la urbe donde habíamos dejado suspendida tanta desilusión. Nuestra zona de confort fue siempre concurrida cada dos meses a lo sumo; un año me hizo concluir que ella prefería la médula de adoquines y grises abstractos de las galerías ofrecidas en este valle, e irse perfumada con café y luces de velas que en su momento nunca concretaban la incitación para logar dar nota a la posteridad, la infidelidad. Pero de improviso se levantaron todas las estrellas a través de una suave cortina de humo, y de en uno en uno fui detallando mis recuerdos, nuevamente en mi memoria nos sentamos y le conté el relato que exalta el umbral del nido más precario que conocía; los manteles fueron retirados junto con las copas que contenían capuchino, en su lugar se postraron envases fríos de cerveza y un vaso michelado que vibraba con la acústica del recinto; todas las canciones resonaban potentemente con nuestros coros a la cuarta ronda y ni de soslayo me atreví a mirar el reloj,( ya es muy noche, por tanto ambos nos negamos a la suposición de apresurar el trance, darle vuelo a la noche aunque sus consecuencias fueran ominosas). Nos leímos resquemores inusitados, aunque en sus facciones guardaba un sentimiento de cansancio tuvo la suficiente energía para cambiar la polaridad negativa de nuestras dudas; sacó de su bolso un periódico universitario, sus ojos parecían hablar con un brillo que floreció en lágrimas, -es tuyo, tómalo, te lo regalo, me he conducido a creer que necesitabas oírme-. Se trataba de un poema dedicado al décimo mes del año y la estación que puebla de ocres hojas los lugares comunes en los que se cita el espíritu de los enamorados. Esa noche dormiríamos juntos por primera vez, mi inexperiencia nos hospedaría en el único hotel disponible a tan solo tres calles de la plaza principal, donde abundan cabinas públicas de teléfonos, y ninguno nos comunicaría por miedo al exterior, mucho menos deslizaríamos el pulgar para contestar llamadas entrantes en nuestros móviles mientras nos desplazábamos por esta historia, pero existía algo que la señalaba: "Yo no quiero nacer de tu desvelo, ni quiero disponer de tu memoria para nombrar y soltar por la ventana las remembranzas, más quisiera encontrar quien me contara las suyas, que yo narrara las nuestras. Muy dentro del principio, en el placer de lo incorrecto una casa se despoja de su fantasma predilecto a las cinco de la tarde. El fantasma atraviesa rígidos paredones de tela, nada vale despedirse de la madre que yace oxidada en la alcoba contigua, se sabe que los meses retienen precipitaciones en el corazón humano, y por ahora se ha pactado coexistir entre pasillos que prefieren ignorar los conflictos entre la vida y la muerte, nada más que azor desde las escaleras, un tono de voz que se sabe pródigo en los murmullos que arden al fondo".
cuánto dura, apenas un ascua, mientras piensas, que eres demasiado cuerpo para un féretro,

Yo izé en el reflejo de tus ojos


